Hay veces en las que merece la pena esperar

EL HOMBRE QUE NUNCA EXISTIO

Capitulo I

El cielo era turgente, de un azul perfecto y nítido, denso, amazacotado, sin una sola veladura. Sin aviones ni tampoco pájaros surcándolo. ¡Qué esbelta lucía la torre sobre el clamoroso telón celeste, con su diosa pagana de cobre ahí erguida en la misma cúspide, oteando, lanza en mano, los vericuetos legendarios de la urbe, sus corralones y sus patios oscuros plantados de naranjos y dalias!. Se había evaporado la calima proveniente del río y principiaban a echar rodar, alrededor de la fuente con los cuatro faroles que se yergue más o menos en el centro de la plaza, los coches de caballos ocupados por los más madrugadores de entre los primeros turistas que la incipiente primavera habíase traído consigo de las tierras remotas allende el nuevo mundo.

Respiré. Al aire lo estabilizaban las flores del azahar... su aroma. El perfume dulce de sus hojas blancas modelaba la consistencia que el frescor de la tierra y las macetas recién regadas se habían encargado, antes, de insuflarle. Y los mozos de los bares, aún despabilándose, aún medio dormidos, les ponían por encima a las aceras casi desiertas de las diez y media algunas mesas y sillas de chapa metálica y aspecto desgastado y endeble.

Eché a caminar sin rumbo fijo tal y como acostumbraba a desenvolverme muchas mañanas de sábado en las que a mi ego le apetecía hacerle el rendez-vous a la ciudad para que esta -consentidora al cabo, dada su madurez y su belleza- terminara tomándome de la mano y conduciéndome, como si fuese ondina o ninfa de agua dulce y no dilecta hija del sol del mediodía, y de la luna, hasta las riberas del Guadalquivir. Y para que a ella no le importunase en demasía mi atrevimiento y descartara de sus juicios el tomarme por aprendiz torpe y osado de un viejo amante suyo, de apellido Tenorio -sabiéndose los registros al dedillo, flaqueaba este galanteador que ahora les habla de figura y finura para llegar, como el otro, a hacerles perder el juicio a las damas- me paraba ante todas las capillas que veía y entraba dentro de ellas: donde, postrado, le presentaba mis respetos a la señora de la casa y les pedía felicidad a los manojos de rosas y a los cirios de cera que les prestaban su luz.

Durante mi paseo por la calle Betis, bizarro, fanfarrón, sintiéndome importante del brazo de mi enamorada, giraba mi cabeza buscando su mirada, desviaba mi mirada buscando la otra orilla, y, aunque pretendía andar bien derecho: con empaque, garboso y toda la pesca, no me salía, y al paso, junto a la barandilla del Puente de Triana me asaltaba la duda de si en realidad quería era ser un apuesto turista capaz de llevársela a dormir consigo al hotel esa misma noche o si lo que lisa y llanamente en el fondo y de verdad deseaba era en cambio ser un hombre sencillo del lugar, alegre y entregado, que la fuese conquistando poquito a poco a mi galana, alargando el cortejo, abonado a las citas sin besos, para así poder permitirme presumir ante los forasteros de las lindezas y el rubor -colgada de mi brazo como andaba ella- que a la mujer obsequia casi siempre la esperanza de los amores no cuajados.

Hacía parada luego en El Salvador, recién llegado de la parte de la Plaza Nueva a donde había estado pelando alguna que otra gamba y leyendo el periódico, y allí me ensimismaba mirando las palomas, comiendo papas a la inglesa o altramuces y bebiéndome un par o tres de cervecitas, emanadas de barriles embadurnados de sal, mientras procuraba intercambiar risas y picardías con alguna de las descendientes contemporáneas de mi dueña, o si llegaba el caso, y el tonteo no discurría por los cauces apetecidos, intentaba resolver algún crucigrama o, bien, enjaretar algún poema, exaltado y ligeramente etílico, cuyo destino de manera casi inevitable era, con la llegada de la mañana siguiente, y la admonitoria sensatez que hace yugada con la resaca, el cubo de la basura.

Me trasladaba, inmediatamente después, hasta La Alfalfa, ufano, sonriente, paladeando a cada paso el hecho de saber que estaba justo entonces precisamente allí, donde quería, y ya llegado al barrio, cuando los chamarileros aún no habían acabado de recoger del todo las jaulas de los pajarillos cantores con los que andaban en tratos, me tomaba otra cerveza más, despacito, ceremoniosamente, en un bar de esos sucios, de clientela incierta, en los que sirven cabrillas y menudo, entretenida mi memoria en recrear los ojos más brillantes de la mañana y la risa más rotunda; esas cosas tan simples -y tan ciertas- que le dotan de su sentido último al hecho a veces venturoso, como aquella, de vivir un poquito la vida.

Eran las mañanas -ya lo están viendo- de un solitario, de un sentimental, de un vagabundo a la par encontrado y perdido.

Y ya sentado para almorzar en una terraza de las que lindan con los jardines de Murillo, en la Puerta de la Carne, intentaba otra vez, una vez más, escribir, entre una rodaja de calamar y la siguiente, algo, lo que fuera, que nadie hubiera expuesto en público hasta entonces con esas mismas palabras que yo iba a emplear o parecidas: eligiendo los verbos precisos, retorciendo las frases, ajustándome para ello a un tono personal, selectivo, enteramente mío. Empeñado en conseguirlo, comía ensimismado, comía despacio, cincelando al socaire oraciones y frases, distrayéndome a veces con las conversaciones y los escotes de las turistas que me rodeaban, para, al final, terminar asaltándome otra vez más las dudas acerca de mi origen, los recelos acerca de mi sitio ¿de dónde era yo verdaderamente? ¿cuál era mi auténtica procedencia? ¿hacia dónde iba?. Porque el papel que tenía delante, y yo manipulaba a mi antojo, no había conseguido hasta ahora responderme a ninguna de estas tres interrogantes. Sí. ¿Quien era yo y para qué estaba en Sevilla?. O, incluso... -no me convenía seguir haciéndome el inocente mucho más tiempo-: ¿quién era yo en realidad y por qué estaba vivo?. Me acabé la ración de pescado frito, le pagué al camarero la cuenta y arranqué a andar en dirección al barrio donde vivía.

Ya veríamos lo que pasaba con las matriarcales gitanonas enjoyadas de oros que vendían trocitos de ramas de romero dentro del parque de Maria Luisa, junto a la entrada de la Plaza de España. Si a alguna de ellas se le ocurría interceptar mi marcha para ofrecerme uno de aquellos brotes de hierba, el gesto no podría tener otra interpretación que la de que yo todavía continuaba aparentando ser un completo forastero en la ciudad; si, por el contrario, al pasar por su lado, las mujeres me dejaban seguir mi camino en paz sin interrumpirme, haciendo caso omiso de mi presencia, dispondría de un buen indicio, un dato riguroso, fiable, de que mi paulatina transformación en lugareño iba, por fin, rindiendo sus frutos.

Humillé ligeramente la testuz pegando la barbilla contra el pecho sin llegar en ningún momento a apresurar el paso. A mi diestra se hallaban de cháchara haciendo corro unos cuantos cocheros, fumándose el pitillo, apoyados algunos entre ellos contra las ruedas de los carros. Estas tenían los radios pintados de amarillo. Al otro lado, el del palacio, se apostaban las gitanas merodeando entre los puestos de los vendedores de souvenirs y latas de refrescos. Tras dejar a mis espaldas el barullo que formaban todos ellos en su conjunto, sentí una mano tirarme de la manga derecha de la cazadora, a la vez que una voz andaluza, grave, de acento cerrado y algo difícil de entender reclamaba:

"Mister, misie, comprame una ramita mi arma, que solo es un eurito de ná, ná máh...."

Cometí la imprudencia de responderle en español a la vendedora. Y la ingenuidad de largarle una mentrijila sobre mi lugar de procedencia.

"No, gracias. Además soy de aquí". Pretendí hacerle creer a la mujer que estaba en un error al tomarme por un turista. Y lo lleve a cabo -segundo error de estrategia- esbozando con el gesto una leve sonrisa. Esa amabilidad le dio pie a ella para insistir:

"Venga, mi arma, que tú tieneh cara de millionario" mientras, manoseándome, intentaba buscar entre mis ropas un sitio apropiado para prender el romero.

No sé como lo hizo, pero, lo cierto es que lo consiguió. Llevaba por encima -me parece que lo he comentado ya- una cazadora y, por debajo de ella, un polo de manga corta. Introduciendo con suma pericia el brote del arbusto por el hueco que dejaba abierto la cremallera de la zamarra, la gitana había terminado alojándolo de mala manera en uno de los ojales del pecho. Me llevé una mano al bolsillo del pantalón para buscar el dinero que ella venía reclamándome. Vi que sólo tenía una moneda de dos euros e igual se la di.

"Cómo has sio generoso, marquéh, te vi a desí la güenaventura" se despachó, ahora, la doña con la intención, bien fundamentada a la luz del completo entreguismo del que yo acababa de hacer gala, de proseguir sacándole rédito a su impertinencia.

La gitana giró la muñeca de mi mano derecha antes de que yo contara con los reflejos necesarios para impedírselo.

Miró su palma. Me miró a mi. Siguió longitudinalmente con el dedo índice de su diestra, sucísimo, los muy angostos cauces que las arrugas formaban en la piel blanquecina y sudada. Piel viva. Volvió a mirarme. Compuso esta vez -los ojos abiertos como platos- una cara de manifiesto estupor. Elevó ese mismo dedo con el que había estado escrutando mi destino hasta mi rostro y rozó con su yema, de arriba abajo, una de mis mejillas. Terminó clavándome la uña. Le pegué un manotazo. Sorprendida, soltó un chillido y exclamó:

"Malaje, marditoh, mal rayo te parta, estah muerto. ¡Muerto!", antes de darse la vuelta y echar a correr hacia la verja de la plaza, en busca de una nueva compañía algo menos inquietante.

Durante unos breves segundos, la seguí con la mirada, circunspecto, indudablemente intrigado, pero sin permitirme en modo alguno la debilidad de que sus palabras llegaran a hacer mella en mi estado de ánimo. No llevaba todavía siquiera un mes viviendo en Sevilla y esa era ya la tercera vez en la que alguien -también en este caso, una perfecta desconocida- se ocupaba de hacerme reparar en el hecho de que yo estaba muerto. La única alternativa que podía permitirme era por consiguiente, si de verdad quería llegar a resolver todos esos enigmas que a mi tanto me preocupaban y de los que les he hecho a ustedes partícipes unas líneas atrás, la de volver a resucitar de nuevo. O tal vez no, y me conviniera, en el fondo, continuar siendo, tal y como hasta ahora venían haciéndomelo notar algunos extraños de los que yo nada sabía, un cadáver. Solamente un cadáver.

Luego enseguida, transcurridos esos instantes iniciales de confusión, arranqué a andar tras la espalda de la terrible pitonisa siguiendo la dirección de sus pasos.